miércoles, 7 de diciembre de 2005

Parte III: post-rock

Estoy esperando a que prenda el viejo armatoste del escritorio para recuperar algunos archivos que debo enviarle al vocalista de Buffalo, la banda argentina de stoner rock que estuvo de gira por algunas ciudades de Chile a principios de noviembre. En realidad no sé que será más lento, si el software/hardware o el usuario. Al menos las fotos ya salieron, y bien. No óptimas, pero bien. Puedes decir que son ellos.

Mientras el mastodonte aquel no parte, escribo esto último en el laptop. Alabama Thunderpussy suena en sus pequeños parlantes JBL. Es curioso, pero esa marca me recuerda a un viejo y culebresco amigo. ¿Qué será de él? Hace mucho que no le veo, a pesar de que, dicen, vive en Santiago. Suele suceder.

Un amigo del sector dice que, ahora que vivimos más cerca, no nos vemos tanto. Pero hay más de un factor que influye en eso. Estamos más cerca, pero claro, él está casado. Y sus tiempos y espacios no son los mismos que los míos. Está claro que la vida de un soltero pasado los 30 no es precisamente un largo y continuo rock and roll. Está llena de cosas más cotidianas y menos glamorosas, como la lavandería, el aseo o el continuo acumulamiento de vasos y tazas vacías en el lavaplatos.

Aunque...

Pensándolo bien, la vida sí es como el rock'n'roll. Uno normalmente ve las luces, el humo (de cigarrillo?), el show... la música y la gente vuelta loca. Pero detrás de eso hay acarreos de instrumentos, largos viajes en micro, instalaciones, arriendos, vidas puestas a un lado con tal de escenificar una idea, de darle forma a un sueño... o a una pesadilla, como Alice Cooper.

Si es así, ¿qué clase de rock vendría siendo mi vida? Definitivamente no glam o hard rock. No soy tan guapo (ha!). Death metal o black, tampoco. No me gusta matar gatos. Ni quemar pollos (ha, ha!). ¿Progresivo? Hmmmm... reconozco ser demasiado perezoso para aprender tanta escala, ni para ser tan prolijo. Stoner rock, quizá... pero no conozco el desierto, y el último vehículo que conduje fue una bicicleta a los 12 años.

Creo que, fatalmente, a lo único que me acerco en verdad es al Doom. Especialmente al clásico: lento, pesado y alejado de las modas. Fuera del tiempo y del espacio, "nacido muy tarde" y sin un lugar claro, incomprendido, pero buena onda y con buenas relaciones con todos. Hijos de las flores, pero cuyos pétalos se marchitaron y murieron en una oscura noche lluviosa, mientras una campana tañía anunciando la presencia de aquella figura de negro que te mira fijamente, mientras a sus espaldas las llamas crecen más y más altas...

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