lunes, 16 de enero de 2006

La lección turca

Durante buena parte de los ’80, y quizá aún hoy, la primera imagen que se venía a la mente al hablar de Turquía era la película de Alan Parker, “Expreso de Medianoche” y su crudo retrato de los abusos al interior de una cárcel. Tal como en el caso de Chile, las violaciones de derechos humanos dominaban la imagen pública exterior de la patria de Ataturk.

Image hosted by Photobucket.comCuando, hace algunos años, tuve la posibilidad de viajar a Turquía, varias personas me hablaron de lo mal que se sentían por la imagen internacional proyectada por el filme. Querían mostrarme que eran un pueblo amable, que las cosas habían cambiado; que la policía no era tan abusiva. Que la suya era una nación moderna. Ante los ojos de cualquier turista, todo esto podía ser cierto. Sin embargo, yo me encontraba ahí para participar en un encuentro de objetores de conciencia. Personas que basadas en sus convicciones políticas, filosóficas o religiosas, se negaban a participar de la guerra y el servicio militar, y que por esa decisión habían sido objeto de represión, persecuciones y cárcel. Durante esos días, testimonios de activistas de distintos países eran atentamente escuchados y debatidos por los anfitriones. Conocimos del fuerte militarismo arraigado en las costumbres turcas, de la represión hacia los homosexuales, del machismo. Muchas veces me pareció estar escuchando historias familiares, y no es raro, pues los países que han sufrido dictaduras suelen tener puntos en común, desde los uniformes en las escuelas hasta la omnipresencia de los símbolos militares en la vida diari
a.

En esa ocasión nos enteramos de primera mano del caso de Osman Murat Ulke, “Ossi”, emblemático objetor de conciencia turco que durante la segunda mitad de los ’90 fue encarcelado repetidamente por negarse a cumplir con el servicio militar. Su caso adquirió notoriedad pública al ser el primer objetor en ser arrestado por su decisión, y exteriormente recibió el apoyo de organizaciones como Amnistía Internacional, quien lo reconoció como un preso de conciencia. Aunque nunca realmente lo condenaron, el mecanismo de llevarlo una y otra vez ante unidades militares claramente era un intento por quebrar su voluntad, y fue la base de varias presentaciones ante organismos internacionales de derechos humanos. Aunque hace tiempo que no es arrestado, legalmente sigue siendo un desertor.


T
odo esto vuelve a estar presente con el arresto de Mehmet Tarhan, otro objetor de conciencia turco que, en una decisión sin precedentes, fue condenado a cuatro años de cárcel. Al comenzar su caso, muchos esperaban que se repitiera el ciclo vivido por Ossi. Pero el caso de Mehmet ha sido bastante más complicado, no sólo por su sentencia, sino también porque desde el principio se ha visto tratado en forma violenta. Fue afeitado y rapado a la fuerza, fue golpeado por guardias y, se sospecha, éstos habrían instigado un ataque de otros presos en su contra. A su condición de antimilitarista, Tarhan suma la de ser homosexual, en un país donde el trato a éstos en el ejército es vejatorio y humillante. A manera de ejemplo, a los homosexuales que deseen eximirse del reclutamiento, se les exigen imágenes que prueben su condición de sujetos pasivos en el acto sexual con otro hombre. Ante ésto, organizaciones de gays y lesbianas han comenzado una fuerte campaña de presión en el Parlamento Europeo en favor de su libertad, sumándose a las protestas de las organizaciones antimilitaristas, que continúan su campaña hasta ahora. (Revisa http://www.wri-irg.org).

Sería interesante que pudiéramos extraer algunas lecciones de este caso. Como se ha dicho, las cosas no son tan distintas entre Turquía y nuestro país, donde el militarismo también se respira día a día: baste recordar cómo la presidenta electa, Michelle Bachelet, destacaba en una de sus frases publicitarias su condición de ser “hija de militar”. Chile tampoco ha provisto ninguna normativa que reconozca el derecho de objeción de conciencia al servicio militar. Y aunque el trato a los homosexuales no sea tan brutal en el ejército, éste dista de ser respetuoso con su dignidad. No es necesario esperar a que un Mehmet criollo sea encarcelado y maltratado para introducir las reformas necesarias a la Ley de Reclutamiento, y de paso, abrirse a la discusión sobre el rol que lo militar juega en nuestra sociedad.


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