jueves, 27 de mayo de 2004

Hogar, dulce hogar.

Bueno, estoy de vuelta por casita y… qué puedo decir. It’s the same fuckin’ story. No tengo internet así que aquí estoy en un ciber nuevamente. Como si me sobrara la plata.

Pero quien canta sus males, espanta! Así que mejor les cuento una linda historia… Este era un joven al que no le iba tan mal; dicen las malas lenguas que era harto habiloso el cauro, gueno p’a la talla, dicharachero, le caía bien a la gente, hasta podríamos decir que era inteligente. Pero siempre, siempre había un detallito que hacía llover en su desfile… algo que la aguaba la fiesta. O como diría el gaucho Inodoro Pereyra, “nunca faltan encontrones cuando un pobre se divierte”.

Creo que la historia de este jovenzuelo se repite en todo el mundo. Si no, ¿por qué tanto acopio de sabiduría popular en torno al mismo tema? “Un pobre nunca puede echarse un pedo a gusto / si no se lo echa apurado, se lo echa con susto” era el refrán campesino de una vieja amiga. Da vueltas en torno al mismo hecho: lo efímero de la felicidad plena, lo pasajero del disfrute. Tal parece que avanzamos entre islotes de alegría rodeados por mares de amargura.

Quizá el secreto de la vida esté en eso: en aprender a moverse por ella como a saltos, de un islote a otro, a veces caminando por las piedritas, a veces construyendo puentes de la mano de otro, o mejor aún, de otra… (bueno, depende de su preferencia sexual ya?) Apoyándose en la familia y los amigos, en las conversaciones, en los encuentros casuales en la calle, que cuántas veces no son como oasis en medio del desierto de la ciudad productiva e implacable. Cuántas conversaciones online via MSN no son como esa necesaria dosis de aire fresco en nuestra rutina. No importa tanto no ver rostros cuando puedes imaginar la sonrisa que hay al otro lado de la pantalla…

¿Y qué pasó con el joven doncel de nuestra historia? Nada, que fue aprendiendo que en lugar de quejarse tanto debía darse cuenta de que había mucha gente que lo quería y estaba dispuesta a tenderle una mano para saltar de islote en islote. Que, con la compañía adecuada, a lo mejor llegaba a una isla más grande, donde poder quedarse un buen tiempo. Se preguntó si a lo mejor no estaba cerca de una, pero la niebla del desencanto no o dejaba ver. Una amiga le dijo que “siempre hay alguien que te amarga la existencia”, pero también le enseñó que cualquier noche puede salir el sol… y juntos vieron el amanecer entre luces parpadeantes. Y aunque luego ella se alejara entre la niebla, el joven se dijo que no estaría muy lejos, pues las rutas entre islotes siempre acaban por cruzarse, y más aún cuando los viajeros tienen algo en común. Así que deseando lo mejor para su amiga –y sin duda, deseando encontrársela de nuevo, pues nuestro protagonista es un soñador sin remedio— se preparó para saltar al siguiente islote, pues se dijo a sí mismo que ya llevaba demasiado tiempo chapoteando entre las aguas turbias de la desesperanza.

(...)