
Las cosas pueden lucir distintas con un cambio de perspectiva. Sobre todo si tienes un portal dimensional en tu propia nueva habitación.
Esa mañana la vieja y querida Mulare amaneció cubierta de lienzos y carteles apoyando las protestas estudiantiles. En honor a la verdad, ya el año pasado había existido un atisbo de rebelión relacionada con el tema de la Ley de Financiamiento; por no hablar de los recuerdos que aún había en la escuela de Periodismo del célebre paro del año 2004. La idea era levantar la voz en nuestra propia casa de estudios, a la vez que ir a apoyar a los alumnos del Liceo de Aplicación.
Partimos en caravana hacia calle Cumming y la verdad me era difícil creer que estuviera sucediendo. Bueno, tampoco digamos que fue una marcha tipo Gandhi o algo así... de todas formas para los tiempos que corren estaba bastante bien. Frente al “Aplica” se encontraban congregados estudiantes tanto secundarios como universitarios, y en la fachada del añoso liceo habían cientos de pancartas, lienzos, carteles, o simplemente hojas con mensajes de adhesión al movimiento y de rechazo a la política del gobierno.
Aunque, debido a la cobertura que han tenido estos hechos, quizá esté de más decirlo ahora, la situación era sumamente tranquila, si bien el tránsito estaba prácticamente cortado, tanto por la vía correspondiente al Liceo de Aplicación como por la del frente, donde los alumnos del Salesianos (o Gratitud Nacional, nunca me acuerdo) hacían lo suyo en la esquina de Cumming con Alameda. Por eso fue inesperada la primera estampida, motivada al parecer por pura histeria colectiva pues en ese momento ni se asomaban las “fuerzas de orden y seguridad”. Pero la siguiente vez fue real, y aunque muchos tratábamos de calmar a la gente, diciéndoles que no corrieran, la embestida del carro lanzaagua, así como de vehículos menores arrojando gases lacrimógenos, hicieron impensable permanecer ahí, so pena de recibir un chorro de gas en pleno rostro -lo cual sucedió, por cierto.
comentando lo inusitado del accionar policial -aquí si que fue absolutamente cierto aquello de que “no estaban haciendo nada”- se decidió volver al campus. La idea era seguir apoyando, esta vez junto a la marcha de los profesores. Luego de una resistencia inicial de los dirigentes, la columna se dirigió al centro por calle Agustinas, estando flanqueada por un buen número de policías de Fuerzas Especiales. Se suponía que nos escoltarían hasta la Plaza de Armas, pero nada más acercarnos al Palacio de los Tribunales un “guanaco” se encargó de empapar en agua sucia a los primeros de la marcha. Aún así seguimos hasta encontrar a los del Colegio de Profesores en el paseo Ahumada. De allí seguiríamos caminando hasta La Moneda, pero la policía nos cortó el paso a la altura de calle Nueva York. La vereda correspondiente a la casa central de la Universidad de Chile estaba atestada de estudiantes, quienes comenzaron a pifiar a los “verdes”. A pesar de que se estaba negociando la forma de proseguir la manifestación, totalmente pacífica por cierto, las Fuerzas Especiales seguían asumiendo posiciones en la Alameda, moviendo buses y carros lanzaaguas, actitud abiertamente provocativa que obviamente obtuvo resultados cuando pequeños grupos de cabros empezaron a tirar piedras desde el bandejón central de la Alameda.
Desde ahí todo fue un continuo baile de avances y retrocesos entre los manifestantes y los carabineros en su atuendo antidisturbios. El “guanaco” prodigó sus apestosas aguas a diestra y siniestra, como si el paseo Ahumada estuviera poseído por el demonio de la libertad de expresión y hubiera que exorcizarlo con la nauseabunda agua bendita del “orden”. Avanzar y retorceder, cargar a palos o con agua y luego el repliegue táctico: el viejo juego que ellos saben jugar tan bien, y en el que la gente siempre cae. Habría que decir que, a pesar de todo, la gente no perdió el “dominio” territorial del lugar pues la policía realmente no era capaz de sacarlos como no fuera cargando a palos -lo que posteriormente sucedió.
Luego de varias horas de carreritas y carrerones, cansado y con sed, decidí volver a la U para saber de mis compañeros. Al parecer ninguno fue detenido, aunque alguno recibió todo el impacto del agua y los gases. Instalados en una salita y ya más relajados, nos dedicamos a recordar y comentar los hechos del día. Entre broma y broma, nos fuimos alejando del tópico inicial, la hora pasó y cada uno tomó su camino. Rumbo a casa pensaba en lo que podría haber sucedido de haber otra planificación de las marchas. Pensé también que una acción tan masiva siempre resulta difícil de predecir; serían necesarios cientos de pequeños grupos de afinidad preparados para enfrentar situaciones de presión o enfrentamiento físico con la policía, capaces de utilizar técnicas de la acción directa noviolenta, capaces de de-escalar una situación tensa en lugar de agravarla. Tales grupos no existen masivamente, por desgracia, y hacerlos crecer es un trabajo lento.
malaimagen: Advertencia